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Goierri Konpeti. Un video sobre cuadrillas, coches, carreras y velocidad

Miren Jaio imprimir texto

Las road movies no son como el resto de las pelis: chico y chica montan en coche en Denver, se quieren, se pelean, llegan a Las Vegas y siguen queriéndose. No, las road movies van de gente que va en coche, habla, le pasan cosas o no le pasa nada y cuando llega el The End sigue en el mismo sitio de siempre y ya no es la misma. Goierri Konpeti, la road movie del Goierri, sigue durante 52 minutos los avatares de Arkaitz y sus amigos por carreteras sinuosas y su pasión por los coches y la velocidad. A la proyección del vídeo de Iñaki Garmendia y Asier Mendizabal que DAE organizó el pasado 5 de julio como parte de Front Line Compilation llegó parte del reparto: la cuadrilla de amigos y sus dos coches a medio customizar.

Visto desde fuera, Goierri Konpeti cuenta con todos los elementos para convertirse en un estudio de antropología social al uso: un escenario, el Goierri, cargado de signos extremos y arquetípico de "lo vasco" (paisaje idílico y claustrofóbico, relativa bonanza económica, fusión entre medio industrial y medio rural, mundo euskaldun y mundo erdaldun...), un grupo humano (una cuadrilla de amigos en la veintena que trabaja en las fábricas de la zona) y una práctica o comportamiento cultural específico (la pasión de fin de semana de esta cuadrilla por conducir sus coches a toda velocidad por las carreteras -racing- y por abrirles las tripas una y otra vez en su caserío alquilado).

Hay ejercicios antropológicos que suelen derivar en puro voyeurismo con unos objetos de estudio presentados como personajes exóticos. En Goierri Konpeti no pasa eso. Hay varias razones para ello. Una es que los que aquí aparecen trascienden la idea de mero objeto de estudio. Son un grupo de amigos que, vencida la timidez inicial, se comportan de forma natural delante de la cámara; un grupo en el que el protagonismo indiscutible recae sobre Arkaitz y Buxi (Bujías), perro mascota diminuto en un mundo de coches y hombres. Otra, el hecho de que los 52 minutos de Goierri Konpeti son fruto de una cuidadosa labor de edición de muchas horas de grabación tras un año de seguimiento durante el cual a esta cuadrilla le pasan cosas tan terribles como que uno de ellos se mate una noche en la carretera. La tercera es que Goierri Konpeti habla de un asunto que es tan específico del Goierri como universal: del coche asociado a una idea difusa de sublimación y liberación personal, de la velocidad como vía de escape para la ansiedad masculina.

Así, el del vídeo de Garmendia y Mendizabal es un universo masculino que rota alrededor de los coches, máquinas que Arkaitz y sus amigos miman y a las que les une un vínculo que aquel que nunca ha sentido una pasión no podrá llegar a entender. Los coches, protagonistas del vídeo por derecho propio, aparecen retratados en todas sus versiones: por dentro o por fuera; destripados y desnudados hasta el esqueleto para una lección de anatomía en el garaje o adornados y maquillados por el tunning como naves espaciales del Trópico; en parado y aparcados delante del caserío o pegando trompos en pleno ataque epiléptico en un rally entre pinares...

¿Cuál es la narrativa de este vídeo donde el euskera y el castellano se entremezclan de forma natural en un flujo unificado por el subtitulado en inglés? Arkaitz, Peterete y sus amigos hacen las cosas que hacen los fines de semana: coger el Saxo, el AX y el 205 para dar una vuelta, ir a sitios (de bares, a la Iratxo, de vuelta a casa), tomar unas cervezas en el bar, celebrar en el caserío que tienen alquilado una fiesta con parrillada, bakalao y risas, dedicarse allí a cien mil y una reparaciones y chapuzas o, una novedad, customizar un par de coches con el vago objetivo de presentarse a algún rally de tunning (de ahí el nombre con el que se han bautizado, Goierri Konpeti), cosa que compatibilizan con las críticas más duras al tunning ("una gitanada"), ir a ver un rally, acontecimiento festivo-deportivo lleno de público adolescente y masculino...

En Goierri Konpeti y en el mundo que retrata domina la contención típica de lo masculino y lo vasco, puesta aquí al servicio de un tono intimista. En este mundo pequeño y asfixiante donde hasta las curvas de la carretera tienen historia, los elementos del paisaje, con el Txindoki de fondo, están llenos de ecos. Así, en el frente del caserío alquilado de fachada destartalada y oscura, quien esto escribe quiso ver un homenaje velado al garaje de El Samurai donde el mercenario interpretado por Alain Delon va a buscar los coches transformados con los que realiza sus encargos. Otra road movie contenida y lírica en la que, como en ésta, llega el The End, el protagonista sigue en el mismo sitio de siempre y ya no es el mismo


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